La Crisis del Transporte Publico en Panama (Saray, la noche de los olvidados)

noviembre 17, 2009

 

Francisco Rivas Ríos.
apronad@gmail.com
https://www.facebook.com/apronadpanama/

Saray es el nombre de un establecimiento comercial con el cual, la mayoría de los letreros de los buses designan a la Gran Estación de San Miguelito, en la Ciudad Capital de Panamá.

Algún día se averiguará que entidad estatal o municipal cometió el desatino de autorizar la ubicación de este lugar exactamente debajo de los ductos de ventilación de un centro comercial, sometiendo a los pasajeros a altas temperaturas y a un ruido incesante y molesto. Un lugar inapropiado, además, porque carece de áreas donde sentarse y la basura se acumula por  todos lados.

En las horas “pico” la “gran estación” adquiere magnitudes demenciales. En el mejor de los casos, la espera se prolonga hasta por una hora o más, las cuales hay que aguantar parados, sudando a mares,  hastiados del ruido ambiente. No es extraño que se observen escenas de personas que sufren desmayos, pero principalmente, ataques de histeria de los infantes.

Son las 6 de la tarde. Una madre hace todo lo posible por evitar que su hija, calculo de 2 o 3 años, se saque la blusa, evidentemente sofocada. La empuja contra un barandal de hierro, le tapa la boca con fuerza para obligarla a callarse hasta que uno de sus hijos interviene y la carga en brazos para evitar una desgracia. De repente, aprendida la lección, 10 o 15 niños han sido despojados de las blusas y camisas por sus padres y todos colaboran haciendo fresco con lo que tengan a mano.

A las 7 de la noche aproximadamente, un gordo canoso armado de un cuaderno aparece en escena – ese es el que manda aquí, me dicen -. Observa las filas interminables y toma una decisión: ya los buses no recogerán a los pasajeros en los andenes, sino que se colocarán a la orilla de la calle. Entonces las filas se convierten en una multitud que corre hacia lo que parece ser la ultima oportunidad para dirigirse al hogar. Hay que abrirse paso a codazos, patadas y empujones en las puertas de atrás y adelante. Jóvenes estudiantes de secundaria, deciden jugarse el todo por el todo y  se lanzan por entre las ventanas, de cabeza.

A las 8 de las noche y niños, mujeres, ancianos, los grandes perdedores de la enloquecida carrera, todavía hacen fila – ya son dos horas de espera -. No veo al gordo, desapareció después de provocar el caos. Entonces los conductores ofrecen llevar a la gente por 50 centavos, duplicando el  costo del pasaje. La fila queda disminuida, pero todavía unos cuantos esperamos, en vano. A las 9 y tanto de la noche un destartalado busito escolar me traslada a mi destino por un dólar.

Todas las noches el mismo suplicio, abandonados a nuestra suerte. Olvidados de todos: del MINSA que debería intervenir para clausurar un lugar que atenta contra la salud ambiental,  del Municipio que debería velar por la limpieza del lugar; del MIDES que debería preocuparse por la situación calamitosa de niños y jóvenes, de la ATT cuyos inspectores brillan por su ausencia; de los candidatos/a y políticos, de las organizaciones de la sociedad civil, sindicatos y defensores de usuarios y consumidores. Olvidados de los periodistas preocupados por denunciar a los diablos rojos, pero que ignoran por completo el drama humano en las piqueras de mala muerte.

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